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 Opinión
 

27/10/2011
FERNANDO JULIA (fernando.julia.r@gmail.com)
ARTICULO DE OPINIÓN SOBRE SIRIA "DINASTÍA AL-ASAD: LA REALIDAD ORWELLIANA"
 

DINASTÍA AL-ASAD: LA REALIDAD ORWELLIANA

Si George Orwell volviera a la vida o si lo hubiera hecho en 1984, homónimo de su famosa novela, no daría crédito: Todo aquello que imaginó como argumento de una de las más brillantes e influyentes novelas contemporáneas de ciencia ficción se había hecho realidad y, como en un extraño sortilegio, lo que imaginó era ahora la realidad. Decenas de naciones, bajo la batuta de sus gobernantes, son la expresión viva y real de Estados controladores y represores. La Omnipresencia del Gran Hermano se materializa a través de miles de retratos, imágenes, pancartas, dibujos de grandes dimensiones, estatuas , y todo un catálogo iconográfico como el de los peores momentos de la China de Mao, de la China actual, el Irak de Saddan Hussein, el Egipto primero de Awnar el Sadat y luego del depuesto Mubarak, La siria de Hafez el Asad y ahora de su hijo Bashar el Asad, Corea del Norte, Cuba y un penoso y desesperanzador largo etcétera.

Pero quizás la sóla presencia de imágenes, aunque excesivas, sea lo único anecdótico de todo esto.

La idea de un Estado con presencia en todos los órdenes de la vida y que, además, dirige a su antojo y conveniencia, ha cobrado vida. En demasiados rincones del planeta (China es un buen ejemplo) esto ocurre desde hace años; son Estados en los que la vida discurre rodeada de potenciales micrófonos que graban y trasmiten al estado (con la inefable ayuda de los mujabarats en el caso concreto que nos ocupa y en el de cualquier otro país árabe) la más insignificante disidencia ideológica. A partir de aquí se pone en marcha un inexorable e implacable sistema represivo; porque en estos estados se prohíbe pensar, tener o manifestar otra ideología que no sea la oficial. Lo ilustraré con mis propias experiencias.

 Al inicio de la pasada década tuve la oportunidad de vivir tres años perfeccionando mi árabe en Damasco. Recién licenciado en Filología Árabe, me fue concedida una beca en el extranjero. Residí en la capital siria durante tres años; tiempo suficiente como para algo más que tomarle el pulso a ese precioso y desconocido país llamado Siria.

Gobernaba por aquel entonces Hafez el Asad, padre del actual Bashar El Asad. Como en muchos otros países y bajo gobierno de un déspota, Siria entera estaba empapelada con sus fotografías, consignas de apoyo y dibujos a favor de un presidente de quien sus propios súbditos rehuían incluso de pronunciar su nombre. Tanto es así que entre la colonia de estudiantes españoles que por aquel entonces vivíamos en Damasco nos referíamos a él en público como el innombrable.

Muchas son las experiencias que viví y que podría relatar aquí sobre aquel escenario de ausencia total de libertades. Me limitaré sólo a un par de ellas que creo suficientemente reveladoras.

Ya entonces, a comienzos de los años 90, era misión imposible recibir alguna señal de T.V. que no fuera la nacional siria (bajo control gubernamental). Por la situación geográfica del país, me resultaba difícil entender como era posible no recibir ninguna otra señal de lugares tan cercanos como Jordania, El Líbano o Israel. Un día, un ingeniero sirio me dio la respuesta: el gobierno invertía no en antenas repetidoras (para amplificar y posibilitar la recepción de otras señales) sino en antenas anti-repetidoras, cuyo coste, según me explicó, era de unas diez veces superior al de una antena repetidora. Pero el asunto de las comunicaciones, sin serlo, parece una broma frente a lo que a continuación relataré.

Una noche de invierno estábamos en casa de mi amigo Ahmad. Bebíamos y fumábamos en su buhardilla. Llamaron a la puerta. Era la policía. Preguntaban por su hermano Jaled. Le dijeron que tenía que acompañarlos. Se fue. Se lo llevaron.

Aún recuerdo el sepulcral silencio cuando se marcharon. Intenté serenar la situación pero nadie decía nada. Luego comprendí que en aquellos momentos yo era el único que no estaba siendo consciente de la trascendencia de aquellos hechos. A los tres días llamaron de la comisaría a casa de mi amigo Ahmad. “Pueden pasar a recoger a Jaled”. Nunca el verbo recoger se usó con tanto acierto; la llamada no aclaraba que era el cadáver de Jaled lo que se podía recoger. Nadie osó preguntar nada. Tal vez sobraran las preguntas. Y además, no eran bien recibidas.

No entraré en los terribles delitos cometidos por Jaled; hasta donde pudimos averiguar, todo se debió a una anónima denuncia que lo señalaba como de consumidor de drogas.

Este era el panorama de la normalidad siria de la primera mitad de la década pasada. Regresé de allí a los tres años, renunciando a la última renovación de la beca . He de admitir que ese ambiente de miedo a ser observado (la temible policía secreta –los mujabarats- está presente en todos los ámbitos imaginables, porque, entre otras cosas, cualquiera es susceptible de serlo o de ser llamado e interrogado.) y el cansancio de tres años privado de las más elementales libertades , aún siendo un privilegiado por mi condición de foráneo, llegó a atribularme.

Trasladémonos por un instante a esa inmensa celda llamada Siria cuyo carcelero mayor, Bashar el Asad, sólo entiende el lenguaje de la violencia y la imposición, del miedo, de la tortura, del terror institucionalizado. Porque terrorismo de estado es impedir la libertad de expresión, disparar a manifestantes pacíficos e inermes, interrogar; tuve ocasión de leer un manual de interrogatorios del ministerio del interior sirio. Torturar, por la sola sospecha de un pensamiento disidente….Apoyemos sin fisuras la causa de un gran pueblo que no vive, sólo sobrevive bajo el yugo de un tirano.

Antes de remitir estas líneas nos llegan noticias de que el ejército sirio ha atacado la ciudad de Hama. Recordaré al lector que en 1982 el régimen sirio, entonces dirigido por Hafez el Asad envió sus tanques y aviones contra esta ciudad. Se habló entonces de unos 20 000 muertos entre los que se encontraban las mujeres y los niños que se habían hecho fuertes en las numerosas barricadas que se habían levantado en la ciudad. Se trataba entonces de sofocar una revuelta promovida por los Hermanos Musulmanes. Occidente calló. O habló, pero no hizo nada. Esta claro: quien hace un cesto, hace un ciento. Pongo la T.V. Es la hora de las noticias: Rubalcaba, Rajoy, Obama y la “quiebra” económica” estadounidense. En apenas minuto y medio se da cuenta del ataque del ejercito sirio contra la ciudad, fuera del control gubernamental desde principios del pasado junio. Desde el comienzo de las revueltas hace cuatro meses, el balance oficial son 1634 muertos, 3000 desaparecidos y mas de 12 000 detenidos. Ojalá que los desaparecidos y los detenidos no corran la misma suerte que Jaled.

 
 
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