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 Opinión
 

12/09/2008
Francisco Morales (fcomorales12@gmail.com)
La misión de Corbacho
 
 Escuchaba el pasado viernes a Corbacho rectificar sus declaraciones sobre las contrataciones en origen de los inmigrantes, cuando dijo que en 2009 tenían que aproximarse a cero. Bueno, rectificar, lo que se dice rectificar, a medias, como casi siempre que un político mete la gamba. Reconoció, no obstante, que algo debió decir mal porque en realidad no quiso decir lo que se ha interpretado de sus palabras. ¿Qué no entienden nada? Yo tampoco. Este ministro, curtido en el municipalismo, autodidacta y con sentido práctico, era, al parecer, el perfil que buscaba Zapatero para taponar uno de los más importantes salideros de votos donde el PP está haciendo daño: la inmigración. Así se demostró en la última disputa electoral, cuando en uno de los debates televisados, Rajoy acusó a Zapatero de convertir el país en un coladero, de provocar el manido efecto llamada y de practicar el “papeles para todos”. Naturalmente, dicha acusación no tenía ningún sentido, no solucionaba ningún problema y lo saben, sólo era una escenificación para aparecer ante el electorado con un perfil más duro. En realidad, son más las coincidencias que las discrepancias. Ambos partidos han desarrollado y aplicado una legislación de extranjería restrictiva y miope, con márgenes de arbitrariedad impresionantes Y por otro lado, tanto PP como PSOE han llevado a cabo diferentes regularizaciones, declarándose siempre al término de cada una de ellas que esa sería la última, hasta que la realidad imponía una nueva regularización. Ahora bien, tan importante como las políticas que se llevan a cabo es el clima social que se genera en torno a un tema tan sensible como éste. Y en eso, los mensajes lanzados por los gobernantes tienen su importancia. Por ello, hay que reconocer que en la pasada legislatura, el discurso del Gobierno socialista en esta materia avanzó en una percepción positiva de la inmigración, reconociendo su importante contribución socioeconómica y cultural, vinculando inmigración a desarrollo y a futuro. Paralelamente, el discurso del PP fue endureciéndose, buscando a ese electorado, tanto de derechas como presuntamente de izquierdas, que, sobre todo, en las grandes ciudades empezaba a ver al inmigrante como una competencia y como una fuente de problemas y de inseguridad. Así piensa mucha gente –para que nos vamos a engañar–, así que Rajoy sólo tenía que echar el anzuelo. Y lo hizo: prometió detener la inmigración ilegal (no especificó la manera de hacerlo) mezclándolo además con el problema de la inseguridad. Había que desactivar la oposición del PP en materia de inmigración. ¿Cómo? ¿Quizá armando una política integradora, nítidamente progresista y libre de complejos? ¿Qué mejor reto que éste para una izquierda europea que quiera erigirse en alternativa? Demasiado arriesgado, debieron pensar Zapatero y sus asesores. Si no puedes ganar a tu adversario, alíate con él. Así que dicho y hecho. Encontraron a Corbacho y le encomendaron la misión. Y así un día nos despachamos con unas declaraciones de Corbacho anunciándonos que se limitará la reagrupación familiar, que hombre que los hijos y los cónyuges, vale, pero que los padres y suegros no, que los requisitos son demasiado suaves. Para quienes hayan pasado por esta experiencia y hayan comprobado la dureza de los requisitos, la arbitrariedad de los consulados españoles y la indefensión ante las denegaciones por no estar motivadas, creerán que esto es una tomadura de pelo. Otro día nos sorprende apoyando la iniciativa de la Generalitat de Cataluña de segregar temporalmente a algunos alumnos inmigrantes como paso previo a la escolarización. Nos anunció también un plan incentivado de retorno para aquellos inmigrantes que perdieron el empleo, algo que saben que tendrá muy corto alcance, pero lo importante es el mensaje que querían lanzar, algo así como: os agradecemos los servicios prestados, habéis sido decisivos en el desarrollo de este país, pero ahora que hay crisis, no tenemos sitio para vosotros. Y ahora nos encontramos con una propuesta estéril, anunciando la supresión de las contrataciones en origen para que tengan prioridad los españoles y residentes en España. Estéril porque esa prioridad ya se aplica desde hace mucho tiempo, pese a lo cual sigue habiendo puestos que quedan vacantes, más incluso de los que se reconocen oficialmente. Se trata, por tanto, de un debate que sólo lleva a la confusión, vinculando paro e inmigración y alentando los instintos sociales más primarios contra el diferente. Haya sido o no la intención del ministro, ese es el resultado.  
 
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